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LA DULCE COMPAÑÍA: MARTA.

Foto del escritor: Valerie Rodas
Valerie Rodas
hace 10 minutos
6 min de lectura

Sin proponérnoslo ni conocernos, terminamos acompañándonos desde dos momentos muy distintos de la vida.


Doña Marta tiene más de ochenta años y desde el principio me llamó la atención su manera de hablar, educada, pausada y con un tono dulce muy peculiar. Tal vez tengo una debilidad por las miradas dulces de los ancianos porque inevitablemente me recuerdan a mi abuelita materna.


Era apenas la segunda vez en mi vida que me subía a un avión. La primera experiencia no había terminado del todo bien, ya que una confusión durante el vuelo me provocó un pequeño ataque de ansiedad y, al bajar, hice una de esas promesas dramáticas, convencida de cumplirla para siempre… no volvería a subirme a un avión jamás.


Sin embargo, ahí estaba de nuevo, esta vez frente a cinco horas de vuelo y rumbo a Estados Unidos. Estaba emocionada, pero también ansiosa pensando en todo ese tiempo allá arriba.


No sabía que la vida había colocado en el asiento de al lado a la persona indicada para que dejara de contar las horas.


—Es mi primera vez viajando a Estados Unidos.


Le dije cuando me acomodé.


La señora me observó con una expresión difícil de describir, como quien ya ha vivido suficientes primeras veces para comprender perfectamente la emoción de la mía. Sonrió con dulzura, con esa propiedad y mesura que algunas personas adquieren después de haber vivido tanto, y respondió:


—Qué alegre, señorita.


Su energía inspiraba confianza y, como tengo esa manía de querer saber qué hay detrás de las personas que se cruzan en mi camino, comenzamos a conversar.


Me contó que había hecho ese recorrido muchas veces porque parte de su familia había construido su vida allá y ella viajaba constantemente para visitarlos. Pero esta vez me dijo, con cierto cansancio en la voz, que posiblemente sería la última.


Ya estaba muy cansada.


Me pareció una ironía interesante. Yo comenzaba a descubrir algo nuevo y ella, quizá, estaba cerrando una etapa.


Yo apenas estaba reconciliándome con los aviones después de haber jurado no volver a subir a uno y ella conocía aquella ruta casi de memoria.


Por ratos dejábamos de hablar y mirábamos por la ventana. Me impresionaba verla todavía maravillada con el cielo después de tantos vuelos.


Yo también lo observaba con asombro, las nubes, la inmensidad, esa extraña sensación de estar suspendida a miles de metros de la tierra. Era apenas mi segunda vez viendo el mundo desde allí arriba y, aunque para ella ya no era ninguna novedad, conservaba intacta la capacidad de sorprenderse.


Durante el recorrido también hubo muchas risas y un poco de turbulencia que pasó en calma gracias a su serenidad. Yo hacía alguna broma y doña Marta respondía con carcajadas que me sorprendían por su sentido del humor, inocente por momentos, pero siempre acertado.


Tenía esa picardía de algunas personas mayores que dicen algo con toda seriedad y unos segundos después uno comprende que estaban bromeando.


En algún momento comenzamos a hablar de cómo habían cambiado los viajes en avión. Me contó que antes las aerolíneas daban comida de verdad durante el recorrido. Nosotras teníamos enfrente un vasito de jugo y una galleta, así que empezamos a cuestionar entre risas la evolución o involución del servicio.


Terminamos preguntándonos a qué hora pasarían el pan de manteca y las champurradas. Nos reímos. Uno puede estar a miles de metros de altura, pero basta mencionar un pan de manteca para volver inmediatamente a Guatemala. En eso estuvimos siempre de acuerdo, ambas amamos este país.


Entre recuerdos y preguntas fui conociendo parte de su vida. Doña Marta me dijo que había llevado una existencia tranquila, siguiendo aquellos pasos que durante muchas generaciones parecían estar trazados, casarse, formar una familia, tener hijos, trabajar y llegar con los años a una etapa más serena.


Durante mucho tiempo trabajó limpiando casas, incluso para personalidades importantes del país. Lavó, planchó y resolvió la cotidianidad de otros hogares para ganar dinero y llevar sustento junto a su esposo.


No lo relataba como una hazaña ni de forma quejumbrosa. Simplemente era parte de su vida y de todo lo que había hecho para salir adelante.


Aproveché su sabiduría todo lo que pude. Si la vida me había sentado durante cinco horas junto a una mujer de más de ochenta años que había amado, trabajado, criado una familia, perdido personas importantes y todavía podía reírse por unas champurradas inexistentes a bordo de un avión, yo quería escucharla.


Le pregunté por consejos de todo, y sobre la pareja me aconsejó que ambos debían cuidarse, aportar y aprender a ceder. Es un cincuenta y cincuenta, me dijo con completa certeza.


Para explicármelo recordó que una vez su esposo le regaló un vestido que a ella no le gustó para nada. Sin embargo, cuando él se lo entregó, le dijo que estaba muy lindo para no quitarle la ilusión y después lo llevó con su mamá para que se lo arreglara.


Me causó ternura. Quizá aquel vestido resumía mejor que cualquier gran discurso una parte de lo que quería enseñarme. En una relación también hay que saber cuándo importa tener la razón y cuándo importa más cuidar al otro.


Su esposo murió hace algunos años y se notaba que todavía le hacía mucha falta. Me habló de la soledad, de lo compleja que puede ser, aunque curiosamente sea ella quien insiste en vivir sola y conservar su independencia. No está abandonada. Sus hijos, nietos, familiares y amigos están pendientes de ella. Cuando me dijo que la querían mucho pude ver el consuelo en sus ojos.


Me contó que en uno de sus viajes anteriores llegó sin saber que uno de sus nietos trabajaba precisamente en el aeropuerto y fue él quien apareció para recibirla en una silla de ruedas.


Todavía sonreía al recordarlo.


Pero doña Marta también ha conocido pérdidas profundas. Perdió hijos durante embarazos, una hija murió de cáncer y una de sus nietas fue arrebatada de la vida, aparentemente por la delincuencia, en uno de miles de casos sin esclarecer.


Al hablar de esta última comenzó a contarme aquel día como si estuviera sucediendo nuevamente frente a ella. Me relató todo, hasta la ropa que llevaba y el sabor amargo de la taza de café que bebió horas antes de enterarse del trágico suceso. Habían pasado décadas y, aun así, sus ojos se llenaron de lágrimas.


Ese momento me marcó porque dejó claro que el tiempo no siempre borra. Hay dolores que simplemente aprenden a vivir con nosotros.


Hablamos de muchas cosas más durante aquel vuelo, algunas muy personales, detalles y vivencias que ella compartió conmigo en confianza y que prefiero dejar exactamente allí, entre los dos asientos de aquel avión.


En algún momento le hice una de las preguntas que más me interesaba. Después de haber vivido tanto, ¿qué era realmente importante?, ¿cuál era, según su experiencia, el secreto de la felicidad?


Doña Marta no necesitó elaborar una respuesta complicada.


Levantó la mano, señaló con uno de sus dedos hacia el mismo cielo que ambas habíamos estado contemplando por la ventana y me dijo que lo importante era estar siempre con Dios, amar a la familia y cuidar a la pareja.


Me pareció una respuesta sencilla para una pregunta enorme, pero ella no me hablaba desde la teoría de libros de autoayuda o guías de cómo tener éxito al despertar de madrugada.


Había amado, había perdido, había trabajado durante décadas, había formado una familia y conocía ya el peso de las ausencias.


También insistió en algo que distintas personas me han dicho en momentos importantes de mi vida, y es que todo pasa y que Dios no abandona.


Cuando el avión aterrizó me pidió que la ayudara a bajar su maleta del compartimiento superior. Lo hice con mucho gusto. Era un modesto maletín negro con una marca deportiva que pesaba muy poco.


Fue de las últimas en salir y, al bajar, ya estaba preparada la silla de ruedas que la llevaría por el aeropuerto. Allí nos despedimos.


Nos dijimos que había sido un gusto conocernos y nos deseamos lo mejor.


Yo continué con la emoción de quien acababa de llegar a un lugar nuevo. Ella siguió su camino, quizá a disfrutar un viaje más con su familia o tal vez, como había dicho, a despedirse de una ruta que recorrió tantas veces.


Entre preguntas, carcajadas, consejos y silencios frente a la ventana, las cinco horas que me preocupaban terminaron convirtiéndose en parte importante del viaje.


No creo que aquel encuentro haya sido una simple casualidad.


Doña Marta ha tenido una existencia que desde lejos podría parecer común. Ella trabajó, se casó, formó una familia, amó, perdió, envejeció y siguió adelante. Pero basta sentarse a la par de alguien, escuchar de verdad y hacer algunas preguntas para descubrir cuánto de extraordinario puede esconderse dentro de una vida aparentemente común.


Entre todo lo nuevo que estaba a punto de conocer, una de las mejores historias del viaje la encontré antes de bajar del avión.



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