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ENTRE BARRAS Y ESTRELLAS

  • Foto del escritor: Valerie Rodas
    Valerie Rodas
  • hace 11 minutos
  • 9 min de lectura

Desde niña siempre quise conocer Estados Unidos. Era uno de esos lugares que, para mí, existían primero en la televisión y después en el mapa. Lo imaginaba como un sitio lejano en donde todo sucedía en inglés. Veía las películas de Macaulay Culkin y pensaba: “Qué niño tan dichoso, lo tiene todo”.


Y resulta curioso publicar estas memorias precisamente hoy, 4 de septiembre de 2026, cuando Los Ángeles cumple 245 años. La ciudad fue fundada el 4 de septiembre de 1781, durante el periodo colonial español, como El Pueblo de Nuestra Señora la Reina de los Ángeles. Yo llegué 245 años después de su fundación.


A los 15 años intenté conseguir el permiso para entrar a Estados Unidos, pero no sucedió. Conseguí mi visa hasta el año pasado y, 21 años después de aquel primer intento, finalmente hice el viaje.


Fueron cinco horas de vuelo hasta Los Ángeles. Creo que cuando uno es adulto vive de manera diferente las cosas que soñó de niño. Todavía nos sorprenden, todavía nos emocionan, pero aprendemos a contenerlo. Quizá por eso, al llegar, trataba de observarlo todo con normalidad, aunque para mí no lo fuera.


Al bajar del avión y entrar al aeropuerto pensé que, efectivamente, estaba en otro lugar. Todo era mucho más grande y organizado que en Guatemala. Pero después de unos minutos también pensé algo muy simple: al final, aquí también solo hay gente.


Respiré por primera vez ese aire que tantas personas sueñan con respirar. Y pensé que por algo tanta gente ha cruzado fronteras y hasta desiertos para llegar allí. Estados Unidos ha representado durante muchísimo tiempo una posibilidad, una esperanza, el famoso “sueño americano”. Para quienes no tuvimos el privilegio de viajar constantemente a Estados Unidos desde niños, aterrizar allí por primera vez se siente como una pequeña conquista.


Y es que, aunque haya quienes quieran minimizarlo o hacer parecer casual el hecho de viajar a Estados Unidos, es difícil hacerlo. Si fuera tan casual, las redes sociales no estarían llenas de fotografías de esa pequeña conquista que significa tocar tierra norteamericana. La foto desde el avión, el aeropuerto, la primera calle, el letrero, la bandera. Queremos dejar constancia de que estuvimos allí.


Después uno empieza a caminar, a observar y a descubrir. La convivencia cotidiana no me pareció extraordinaria. Lo extraordinario, para mí, eran los enormes edificios y encontrarme de pronto parada en lugares que había visto tantas veces en las películas.


Me hospedé en un hotel imponente, lujoso, como parecía serlo todo allí. Tenía unas ventanas enormes desde las que el cielo se veía de otro color, un poco más tenue, mientras la luz del sol brillaba más dorada. Era como una película de Batman. Me sentía como el mismísimo Bruno Díaz bajando por aquel ascensor que recorría decenas de pisos. Personas entrando, personas saliendo, personas de todos los países cruzándose unas con otras. Muy pocos saludaban. No estaba esa calidez a la que estoy acostumbrada en mi país.


Y qué bueno que hablo inglés. Me llamó la atención que algunas personas que evidentemente hablaban español parecían sentirse incómodas al utilizarlo. No sé por qué, ni pretendo saberlo después de unos cuantos encuentros, pero fue algo que percibí varias veces. Así que terminé hablando inglés mucho más de lo que imaginaba. Y eso también resultaba curioso: después de tantos años imaginando que algún día estaría en Estados Unidos hablando inglés, finalmente estaba allí, haciéndolo con naturalidad.


Caminé por Hollywood Boulevard. Vi las estrellas de Hollywood y sus nombres: Aretha Franklin, Barry White, The Carpenters, Kermit the Frog, Britney Spears, Sandra Bullock, Keanu Reeves, Tom Cruise, Christina Aguilera… Nombres que durante años había encontrado en películas, canciones y televisión estaban ahora debajo de mis pies.


Y mientras caminaba entre ellos, frente al Dolby Theatre había un hombre, posiblemente árabe, con una enorme serpiente blanca cruzada sobre el cuello. Cerca había una carreta de comida mexicana y un hombre asiático, que apenas hablaba inglés, vendiendo llaveros de recuerdo. Todo sucedía al mismo tiempo, en el mismo pedazo de Hollywood Boulevard. No olvidaré jamás esa imagen.


Estando en Estados Unidos también encontré a muchas personas caminando sin rumbo. Lugares emblemáticos rodeados de suciedad, de algo difícil de explicar, una vibra que, para alguien tan perceptivo y sensible como yo, no se sentía natural. Fue desconcertante, ajeno a lo que conozco, y es normal intimidarse por ello.


Percibí a la gente fría y distante. Había poco ruido, pocas bocinas, escaso contacto visual y, sobre todo, poco contacto humano. Personas caminando unas junto a otras sin mirarse. Culturas, razas y diferencias por todas partes. También vi a varias personas consumidas por sustancias. Y vi lujo.


Tuve la posibilidad de subirme a carros que alguna vez pensé que jamás tendría cerca. Recuerdo tocar aquellos asientos de cuero y sentirme, por unos segundos, como una alta ejecutiva de Nueva York. Me moví entre Suburbans, Lincoln, Tesla y otros autos de lujo utilizados como Uber, con precios exorbitantes, alrededor de 50 dólares por trayecto. Contemplé casas lujosas y los edificios geométricos e imponentes de Los Ángeles.


Y aquello, aunque puede parecer superficial, me hizo pensar muchísimo en nosotros. En Guatemala hacemos grandes esfuerzos por aparentar determinada clase social. Tenemos autos nuevos, muchas deudas y una vida a la que aspiramos constantemente, como si poseer ciertas cosas significara necesariamente que llegamos a algún lugar. Y estando allá pensé que esa no es necesariamente la mejor vida.


También estuve en el Festival Chapín, en donde se reúnen miles de guatemaltecos que viven allá. En algunas conversaciones con ellos noté que, si bien la realización material estaba, la tierra no se olvidaba. Una señora incluso me dijo que la vida allá era muy difícil emocionalmente. Después de haber tenido una vida aquí, en donde era alguien, allá no era más que un ser que ejecutaba tareas para alguien más. Aquello se me quedó grabado.


No eran exactamente los mismos guatemaltecos que conozco aquí, y es comprensible. Allá percibí desconfianza. Les ha costado tanto la vida que pareciera que ya no se pueden fiar de nadie. Por supuesto, nada más conocí a unos cientos. No puedo hablar por todos. Solo puedo escribir de lo que presencié y de lo que quedó grabado en mí.


Pero el Festival Chapín también fue emoción. Pude ver a Radio Viejo sobre el escenario y cantar “Ángel” junto a ellos. También vi a Léster Martínez, apenas un día después de haberse coronado campeón allí mismo, en Los Ángeles. Y luego me topé con Jean Pierre Brol y Adriana Ruano, nuestros medallistas olímpicos: él, medalla de bronce; ella, medalla de oro.


Todo ocurría demasiado rápido. Qué bueno que tengo fotos y videos de todo lo que estoy contando, porque algunos momentos de aquel viaje parecen increíbles incluso dentro de mis propios recuerdos.


Y entre tantas reflexiones también hubo instantes en los que simplemente me sentí feliz de estar allí. Santa Mónica fue uno de ellos. Santa Mónica fue una tarde de película.


En el muelle está la banca de Forrest Gump, aquel hombre que corrió y corrió hasta envejecer. Es icónico sentarse allí y, por un momento, ponerse “sus zapatos”. El parque de atracciones, a mis ojos, evocaba la escena de alguna película de terror en donde algún niño o alguien desaparecía. Tal vez pasé demasiado tiempo frente a la televisión, ahora que lo pienso. Había demasiadas referencias conectándose en mi cabeza con todo lo que había visto durante años.


Los souvenirs estaban disponibles en diferentes puestos, cada uno atendido por alguien de una nacionalidad distinta, o al menos eso parecía. Decidí comprar una gorra con un hombre muy californiano: un joven de pelo largo, sonriente y con un tono muy relajado, el clásico estereotipo de un surfista.


Mientras caminaba por el muelle, una mujer comenzó a cantar “I Believe I Can Fly”. Se me puso la piel de gallina. Casi lloré. Porque uno pasa tantos años creyendo que algunas cosas probablemente nunca van a suceder y la verdad es que no sabemos. Yo no sabía, a los 15 años, que 21 años después de aquel intento estaría allí, frente al mar, escuchando esa canción. Dios tiene el plan de nuestras vidas.


Después caminé con los pies descalzos sobre la arena hasta llegar al mar para terminar de contemplar el atardecer, que ocurría mucho más tarde de lo que siempre he conocido. El mar estaba frío. Se sentía ajeno, pero emocionante. Era imposible no pensar en las aguas cálidas de nuestros puertos, de nuestras playas. No como comparación. O tal vez sí. No lo sé, pero sí lo pensé.


La comida también me sorprendió. Las porciones eran grandes y los sabores, condimentados. Algunos platillos me parecieron muy simples y otros, muy ricos. Pero lo más inesperado fue la leche. Se sentía densa, real, no como la leche que estoy acostumbrada a beber en Guatemala. Eso me causó mucha curiosidad. ¿Quién diría que sería eso lo que más me impresionaría?


En el Griffith Observatory, durante la noche, fue espectacular contemplar la ciudad y, a la distancia, el letrero de Hollywood. Pero lo realmente mágico ocurrió cuando, en un segundo, empezó a emerger una bola rojiza. Lentamente apareció sobre el cielo. Todavía me causa escalofríos pensarlo. No voy a olvidar el tono rosado de la luna, que poco a poco subía y subía.


A mi alrededor comenzaron a escucharse voces. En diferentes idiomas se repetía la palabra “luna” y se veían los mismos gestos de emoción. Aquello parecía la Torre de Babel, donde todos intentábamos comunicar nuestro asombro. No hablábamos el mismo idioma, pero todos estábamos contemplando lo mismo. Y todos parecíamos entendernos.


También hubo escenas completamente insólitas. Al salir de una hamburguesería famosa llamada In-N-Out, en donde el ambiente era muy de los sesenta, unos hombres casi desnudos, cubiertos únicamente con body painting, recordaban que era 2026. Era un contraste genial.


Las hamburguesas estaban bien. A mi gusto, no eran la gran cosa. Lo espeluznante ocurrió al salir. Una mujer atravesó la calle gritando que la estábamos acusando por algo relacionado con Taylor Swift. Tuvimos que correr mientras ella entraba al restaurante como si nada. Luego, un Tesla llegó a recogernos.


Los Ángeles.


Estados Unidos es fascinante. Y hablo de Estados Unidos como si ya fuera una experta por haber conocido solo un estado. Sé que no puedo juzgar a todo un país por algunos días en una pequeña porción, pero así somos. Cuando viajamos, hay una especie de pacto colectivo que nos obliga a emitir opiniones, como si fuésemos expertos en un lugar por haber permanecido ahí apenas unas horas.


Yo solo puedo hablar de lo que experimenté. Y quizá por mi forma de ser me cuesta simplemente mirar y seguir caminando. Soy demasiado perceptiva. Demasiado sensible, tal vez. No puedo únicamente conocer y disfrutar. Siempre hay un análisis detrás. Siempre aparece esa gana de filosofar, de comprender el comportamiento humano, de preguntarme por qué vivimos como vivimos, qué buscamos, qué tenemos y qué creemos que nos hace falta.


Quizá por eso Estados Unidos me dejó tantas sensaciones distintas. Todavía no sé si podría resumirlas diciendo simplemente que me gustó o que no me gustó. Sería demasiado sencillo para todo lo que sentí. Aún lo estoy terminando de comprender.


Cuando regresé a Guatemala, me alegró reencontrarme con esa calidez a la que estoy acostumbrada. Pero regresar tampoco significó idealizar mi país. Volver fue encontrar nuevamente un país opacado por la corrupción. Cuando observo nuestras calles, nuestro aeropuerto, cuando comparo, noto la pobreza. Pero, sinceramente, también reconozco la calidad de su gente.


Los guatemaltecos somos amables. Los guatemaltecos somos expresivos. Los guatemaltecos nos ayudamos.


Al regresar pasé algunos días soñando con Los Ángeles. Me sentía un poco desorientada, todavía extrañada, tratando de digerir todo lo que mis ojos habían capturado. Tratando de empatar mi expectativa con la realidad. Tratando de saber qué contestar cuando me preguntaran, con emoción: “¿Cómo te fue?”.


Me fue bien. Eso sí lo sé.


Pero todavía no sé exactamente qué responder cuando me preguntan si me gustó. Quizá porque sigo tratando de comprenderlo.


Quiero dejar estas memorias. ¿Para qué? Para que no se borre de mi mente la primera vez que visité Estados Unidos.


Quiero conservar las estrellas de Hollywood y aquella enorme serpiente blanca. El cielo dorado desde las ventanas del hotel. Los carros. Los edificios. Los idiomas. Los guatemaltecos hablando de Guatemala desde lejos. Radio Viejo cantando “Ángel”. Léster Martínez. Jean Pierre Brol y Adriana Ruano. La banca de Forrest Gump. El agua fría de Santa Mónica tocándome los pies. Aquella mujer cantando mientras yo pensaba en todo lo que alguna vez creí que no viviría. La luna rosada apareciendo lentamente sobre Los Ángeles. Incluso aquella mujer gritando algo sobre Taylor Swift y el Tesla llegando después.


Quiero recordar lo bonito y lo desconcertante. Lo que me emocionó y lo que me intimidó. Lo que se parecía exactamente a las películas y lo que no se parecía en nada. Porque durante muchos años Estados Unidos estuvo en mi cabeza antes de estar frente a mis ojos.


Y ahora que lo recuerdo, desde niña había algo más, algo bastante simple, que siempre había querido hacer cuando estuviera allí: encender la televisión. Siempre quise ver cómo eran los anuncios estadounidenses o qué programas estaban pasando. Quería hacer algo tan sencillo como lo que hacía Matilda en el apartamento de sus padres: encender el televisor y verlo.


Qué tonta. Entre la emoción de estar allí, olvidé por completo encenderlo.


Tendré que volver.



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