Conocí a doña Marta en mi segundo viaje en avión, justo cuando más temía pasar cinco horas volando. Con más de ochenta años, su tono dulce, su humor y sus consejos hicieron que olvidara la ansiedad. Hablamos de amor, pérdidas, familia, fe y Guatemala. Mientras yo comenzaba una nueva experiencia, ella quizá cerraba una etapa. Una conversación inolvidable que reafirmó cuánto de extraordinario puede existir en una vida aparentemente común.
Apenas han pasado unas horas, pero la ausencia no se mide en tiempo, sino en el vacío que pesa en todas partes. Esta madrugada no vi sus pequeñas y perfectas orejas asomarse a la orilla de la cama, ayudada por sus gradas perfectamente acopladas a sus veintipico centímetros de altura. Tampoco sentí su calor en mi espalda, y vaya que fue una noche fría. Fueron doce años de sentir su pequeño lomo junto a mí. Tal vez quien ama cree que los suyos son únicos e irreemplazables. Pero
El viaje representaba una buena paga: ida y vuelta desde la Ciudad de Guatemala hasta Esquipulas. Compró algunas golosinas y bebidas para acompañarse en el camino. Su cliente lo esperaba al día siguiente, así que decidió viajar de noche. Su carro tenía capacidad para cuatro pasajeros. Solía mantenerlo impecable para que tanto él como sus clientes disfrutaran de un trayecto agradable. Prefería los vidrios sin polarizar, pues le permitían percibir con mayor claridad el camino.
Solíamos compartir un helado de sombrilla por las tardes de lunes a viernes, repetimos la acción cientos de veces. Dividíamos los gastos, un día él, al otro yo. Pedíamos doble capa de chocolate y maní para calmar la ansiedad de las intensas jornadas de trabajo. Para el almuerzo, visitábamos McDonalds, él tenía una obsesión con que la caja de papas fritas estuviera completamente llena y si no era así, lo exigía respetuosamente al personal. Tomaba mucha Coca Cola y casi parecía