COOKIE: UNA YORKIE INOLVIDABLE
- Valerie Rodas

- hace 2 días
- 3 min de lectura
Apenas han pasado unas horas, pero la ausencia no se mide en tiempo, sino en el vacío que pesa en todas partes.
Esta madrugada no vi sus pequeñas y perfectas orejas asomarse a la orilla de la cama, ayudada por sus gradas perfectamente acopladas a sus veintipico centímetros de altura. Tampoco sentí su calor en mi espalda, y vaya que fue una noche fría. Fueron doce años de sentir su pequeño lomo junto a mí.
Tal vez quien ama cree que los suyos son únicos e irreemplazables. Pero Cookie, cumplía con todas las características de un ser extraordinario.
Desde pequeña fue intrépida. Le gustaba demostrar que su tamaño no correspondía con su inmensa personalidad: persistente, valiente e inteligente.
Cuando me enfermaba, se recostaba sobre mi estómago y con su diminuta lengua me hacía cariños en las manos o en los brazos, con la certeza de que todo estaría bien. No todo era miel; también discutíamos constantemente por su rebeldía. ¿Quién dijo que los perros eran domables? Ella, desde luego, no.
Sobrevivió a dos hospitalizaciones serias. En una de ellas, pretendían dejarla varios días en observación, quizá por conveniencia comercial. Cuando me llamaron para avisarme, con su oído audaz escuchó mi voz y ladró incansablemente. A las pocas horas volvieron a llamarme para decirme que tenía el alta inmediata.
Una noche se escapó de mis manos, lo conté por aquí. Fue tan astuta y precisa en sus movimientos que, a pesar de correr bajo un Transmetro, recorrió varias cuadras ilesa, en dirección a la casa de sus “abuelos”. Fue interceptada antes de llegar, pero sobrevivió.
A los roedores no les dejaba cabida en ningún rincón. Los perseguía con tácticas de espía hasta neutralizarlos. A su olfato no se le escapaba ninguno, y solo quedaba en paz cuando lograba su misión, después de horas intensas e ininterrumpidas de acción.
En el camino obtuvo dos hermanas, mucho más grandes en tamaño, pero siempre fue ella quien imponía el orden. Sin su autorización, ningún movimiento.
Tuvo dos pretendientes para conocer la maternidad, pero ninguno le pareció suficiente. Finalmente se enamoró de un vecino, un cocker que fue su eterno amor prohibido, a quien observaba desde la terraza sin parpadear.
Le gustaba ser la consentida, cumplir sus rutinas y comer pechuga de pollo bien cocida.
Con los niños fue espectacular, sabía que con ellos no debía cometer imprudencias y se volvía una amiga incondicional. Tenía un don para detectar la maldad, no soportaba a las personas con malas intenciones.
Todas las noches daba rondines por la casa, asegurándose de la seguridad del hogar. Disfrutaba jugar con peluches pequeños y con la mano de cualquiera que la escondiera debajo de una colcha.
Reconocía por teléfono las voces de quienes amaba, y también el ringtone de su “abuela” humana. “True”, de Spandau Ballet, la hacía reaccionar donde fuera que escuchara la canción.
Nos acompañó en cuatro mudanzas. En una de ellas no tenía permitido vivir, por ser apartamento. Era tal su inteligencia y audacia que durante ese año no ladró, por pura intuición. Cuando llegábamos a casa, lo hacía muy bajito para demostrar su emoción.
Cookie tuvo una vida increíble. Corrió sobre la arena, vio un atardecer en el mar, superó todos los retos que la vida le puso, hasta que llegó lo insuperable: el tiempo y el cáncer.
Aun con un tumor espantoso, vivió varios meses como si nada, hasta esa fría tarde del primer día de junio. Llovió estrepitosamente y su mirada estaba ya apagada. Desayunó por compromiso y almorzó su amada pechuga sin ganas. Le di un poco de turrón porque le encantaba; me lo recibió de la mano como un acto de generosidad conmigo, porque sabía que había llegado el final.
Con las mínimas fuerzas que tuvo, aceptó un breve paseo por la calle. Hizo su respectiva caminata, inspeccionándolo todo, pero ya sin ánimo. Se quejaba silenciosamente del dolor e, indudablemente, había llegado su hora.
Le dijimos adiós entre lágrimas y un dolor que no sé explicar. Sus hermanas la buscaron por la casa y entendieron inmediatamente su ausencia. Una de ellas se recostó en mi rostro, como nunca antes lo había hecho, suspiró profundamente y se durmió, como si compartiéramos el dolor.
Ya no está el sonido de sus pasos ni su calor. Se silenciaron sus ladridos exigentes. Se terminó su presencia física.
Doce años fueron suficientes para amarla profundamente, tal como ella nos amó. En su adiós nos dejó un suave beso y un último respiro que nos quebró el corazón.
Honraremos su memoria recordando siempre sus aventuras, sonriendo por su belleza, su carácter y su maravillosa compañía.
Adiós, amada Cookie.
Te extrañaremos y recordaremos hasta donde la memoria nos alcance.
Gracias por grabar tu huella en nuestro corazón.
Cumpliste tu misión. 🐾🤎





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