NO VEAS EL RETROVISOR
- Valerie Rodas

- hace 8 minutos
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El viaje representaba una buena paga: ida y vuelta desde la Ciudad de Guatemala hasta Esquipulas.
Compró algunas golosinas y bebidas para acompañarse en el camino. Su cliente lo esperaba al día siguiente, así que decidió viajar de noche.
Su carro tenía capacidad para cuatro pasajeros. Solía mantenerlo impecable para que tanto él como sus clientes disfrutaran de un trayecto agradable. Prefería los vidrios sin polarizar, pues le permitían percibir con mayor claridad el camino. Siempre utilizaba una gorra, más por costumbre que por necesidad.
Inició el recorrido avanzando decenas de kilómetros, acompañado de música y sorbos de café para mantenerse despierto.
Al llegar a Chiquimula, pensó que lo mejor sería continuar y dormir unas horas cuando ya estuviera en Esquipulas. Circulaba detrás de otros vehículos, pero kilómetro a kilómetro fue quedándose solo. La carretera parecía interminable. No había iluminación, y los árboles a ambos lados le daban la inquietante sensación de que el camino se estrechaba cada vez más.
Subió el volumen del radio para calmar sus pensamientos. Sin embargo, sentía que avanzaba cada vez más despacio.
Se aferró al timón con fuerza y notó que sus manos comenzaban a sudar. El simple movimiento de llevar una de ellas hacia la palanca de velocidades le parecía casi imposible. Su cuerpo empezó a sentirse cada vez más pesado. Buscó desesperadamente un lugar donde detenerse, pero todo era oscuridad y no se divisaba ningún local. Entonces comenzó a repetirse una y otra vez:
—No veas el retrovisor.
Bajó los cuatro vidrios para dejar entrar el aire y aceleró con la esperanza de alcanzar pronto algún sitio con más personas.
—No veas el retrovisor.
Se lo repetía mientras sentía que cada pierna pesaba una tonelada. Apagó el radio por inercia, como si supiera que debía permanecer atento a lo que estaba por venir. Los árboles seguían observándolo con sus ramas inmóviles. De pronto detuvo el carro y, sosteniendo con fuerza el timón, volvió a repetirse:
—No veas el retrovisor.
Esperó unos segundos mientras la saliva descendía lentamente por su garganta. Entonces sintió un soplido en el cuello que le heló hasta el alma. Breve. Intenso. Escalofriante.
Inolvidable.
Aceleró y, vencido por el miedo, dirigió la vista al retrovisor. En la señal del kilometraje distinguió una silueta extraña, casi convencido de que era un rostro. Su gorra cayó al suelo sin que supiera cómo. Subió los vidrios y continuó manejando con el poco aliento que le quedaba, hasta que finalmente encontró un restaurante.
Descendió del carro con la firme intención de no volver a conducir nunca más. Pidió un café apresuradamente y la persona que lo atendió le preguntó, con un tono que mezclaba burla y familiaridad:
—¿A usted también lo espantaron?





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