“TENDRÁS LARGA VIDA”
- Valerie Rodas

- hace 7 horas
- 5 Min. de lectura
Solíamos compartir un helado de sombrilla por las tardes de lunes a viernes, repetimos la acción cientos de veces. Dividíamos los gastos, un día él, al otro yo. Pedíamos doble capa de chocolate y maní para calmar la ansiedad de las intensas jornadas de trabajo.
Para el almuerzo, visitábamos McDonalds, él tenía una obsesión con que la caja de papas fritas estuviera completamente llena y si no era así, lo exigía respetuosamente al personal. Tomaba mucha Coca Cola y casi parecía presumir al respecto.
Compartíamos buenas conversiones, algunas profundas respecto a nuestras vidas y sueños y de todo lo que uno cree importante a los veinte años. Teníamos en común el gusto por la tecnología y hacer nuestro trabajo con exactitud. Sabíamos que nuestra jefe tenía especial cariño por nosotros y lo aprovechábamos para sentarnos en su oficina a conversar algunas tardes.
Éramos buenos amigos, de esos que se prometen llegar a ancianos sin perder contacto y ayudarse el uno al otro, dependiendo de quien se hiciera primero millonario.
Nos burlábamos de los chismes en los pasillo que nos conectaban sentimentalmente porque en realidad cada quien tenía su cada cual, y era eso precisamente lo que hacía nuestra interacción natural, no había más que una agradable amistad.
Posterior a un par de años, nuestros caminos laborales se separaron, seguíamos en contacto compartiendo correos escuetos con información, bromas o anécdotas de interés mutuo.
Él era alto, de complexión grande, cuidaba su físico algunas horas en el gimnasio casi por necesidad, porque tenía usualmente gran energía. Su presencia llenaba el espacio, sus movimientos era bruscos pero siempre con cortesía, se escondía detrás de la barba castaña y sonreía con la mirada. Se consideraba un introvertido nato y profesional de los videojuegos en su tiempo libre; especialmente de salas online en las que se perdía durante horas. Había crecido casi en solitario porque sus padres emigraron. Tenía comodidades que provenían del extranjero, y constantemente viajaba a visitar a su familia.
Era un buen tipo, mi intuición me lo decía.
“But I'm a creep
I'm a weirdo”
“Creep” una de las canciones que constantemente estaba escuchando y me pedía también disfrutarla; tenía buen ritmo y una letra poderosa, era muy de su estilo y cada vez que escuchaba la canción me recordaba a él.
Tenía una frase que repetía a veces serio y a veces en broma: “Trust no one…” yo le debatía constantemente y le decía que siempre había alguien en quien confiar. Y como ejemplo usaba nuestra amistad. Se quedaba en silencio.
Con el paso del tiempo nos distanciamos, hasta un día de diciembre que recordé que su cumpleaños se acercaba y nos pusimos en contacto por WhatsApp.
Una noche comienzó a llamarme con insistencia, lo sentí inapropiado y comprendí que estaba bajo efectos de alguna droga al responder una videollamada. Le dije que se fuera a dormir y reflexionara de su estado.
Insistió.
Me envió mensajes subidos de tono y no lo reconocí más, era otra persona distante de aquella con la que solía disfrutar de un helado mientras conversábamos de música; habían pasado casi cinco años, suficiente tiempo para dejar de confiar…
Supe que había estado luchando algún tiempo con la depresión y que los límites que traspasaba en las salas de juegos virtuales, también estaban en el plano de la vida real.
La adicción a los videojuegos afecta aproximadamente al 2%-3% de la población mundial.
“I wish I was special
But I'm a creep
I'm a weirdo”
Más de 1000 millones de personas, casi una de cada siete a nivel mundial, vivían con un trastorno mental en 2021, siendo la ansiedad y la depresión los más comunes.
Le pedí que ya no me contactara, me pidió una disculpa que sentí poco genuina para demostrar un cambio verdadero, aunque podía percibir la vergüenza que sentía, le dije que no me parecía justo su actuar conmigo y que no toleraría ninguna falta de respeto.
Lo bloqueé, desconcertada, pero segura de que le daría una lección.
Al comentarle esto a una amiga en común, me contó que tristemente su forma de actuar se había transformado y que había hecho lo mismo con otras mujeres a su alrededor, al punto de perder su empleo. Me parecía una pena ver caer su buena reputación y según creía conocerlo, sabía que eso lo estaba torturando, pero no quise inmiscuirme.
No supe más de él.
Pasó casi una década y me reuní hace unas semanas con amigas en común. Conversamos de todo un poco, recordando momentos alegres en aquellos pasillos donde solíamos reír y trabajar.
De repente una de ellas me dijo: “¿Supiste lo que pasó el año pasado? Se murió.”
Me quedé perpleja, no supe qué decir. Continuamos la reunión con normalidad y otros temas, nos despedimos.
Salí a tomar aire fresco y me detuve a procesar lo que había escuchado.
Los excesos lo habian destruido.
Busqué su nombre en internet y encontré solo una esquela que mencionaba la fecha de su velorio y cremación.
Cenizas, eso era aquel amigo que una vez tuve, a quien le guardaba especial cariño y a la vez rabia por haber dañado nuestra amistad. Me sentí mal, imaginé su desesperación, su soledad, hasta pude sentir su mirada y recordar su voz diciéndome una vez más: “Trust no one…”
Tomé mis audífonos, me recosté en una baranda y comencé a llorar, de impotencia, de tristeza, mientras escuchaba “Creep”, como el final de una película; aquello parecía irreal, y de pronto un viento extremadamente fuerte me arrasó, sentí un escalofrío de pies a cabeza y el estuche de mis audífonos voló y desapareció con la atroz fuerza de aquel ventarrón de enero.
“I don't care if it hurts
I wanna have control
I want a perfect body
I want a perfect soul…”
Irónicamente, encontré un correo que me escribió diez años atrás al que le respondí: “…Tendrás larga vida, porque justo anoche estaba pensando en tus huesos…”
Sentí peso en el alma, tomé mi celular, busqué nuestra última conversación en WhatsApp para recordar por qué lo había eliminado de mi vida, confirmé mis razones y en un acto de perdón tardío, lo desbloqueé mientras pensaba: “…descansa, al fin, en paz.
Reflexioné en lo mucho que una vida puede desperdiciarse por no tener una guía cercana, por apegarse a un mundo de fantasía obligado por la soledad que usualmente desemboca en adicciones, depresión y errores que se vuelven irreversibles. Somos humanos imperfectos, capaces de crear y de destruir. La salud mental es primordial.
Terminó la canción, una vez más. Y finalmente me despedí. En calma, en paz.
Este texto es para recordar a un buen amigo que dejó de ser el hombre que conocí, pero me voy a quedar con la amistad con el joven de veinte años que tenía sueños, el responsable, el que cedía su lugar en el bus, el que sé que tenía un corazón amable.
“What the hell am I doing here?
I don't belong here…”








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