¿Qué hay detrás de la puerta?
- Valerie Rodas

- hace 3 días
- 3 Min. de lectura
Aquella fecha era importante. Era el momento esperado por muchos desde muy jóvenes. Un momento de la vida que se suponía marcaría una nueva etapa, y todo tenía que estar perfecto.
Cada detalle había sido cuidadosamente seleccionado; debía ser más que preciso, tenía que ser intachable. Ni más ni menos, simplemente certero. Había esperado meses por ese día.
Existían cientos de historias alrededor de aquel instante. Parecía que todos sabían con exactitud lo que iba a pasar, aunque cada versión fuera distinta.
Esa mañana me preparé desde muy temprano. Recibí algunos mensajes de buen augurio. Llegué al punto indicado: había silencio y nerviosismo alrededor.
Luego de demostrar la veracidad de mi existencia en una fila inmensa, atravesé con éxito la primera etapa.
El recinto estaba fuertemente resguardado; cualquier movimiento era observado con firmeza por los vigilantes.
Pasaron varias horas, de pie. El sol asomó rayo por rayo su presencia sin pedir autorización, nadie le pidió identificación.
Mi nombre se repetía en cada fase, firme, sin titubeos. Aquel instante parecía sacado de una película de suspenso. Entregué mis pertenencias para que fueran detenidamente examinadas y, una vez comprobada mi idoneidad, di el paso hacia la siguiente etapa. Allí el silencio era más frío.
En ese espacio inmenso y observado por el cielo, las miradas se abalanzaban sobre cada persona que salía de la gran puerta que no permitía observar nada de su interior, y es que eran ellos quienes ya llevaban plasmada la verdad en sus semblantes.
Los pasos se aceleraban en la fila y, de pronto, todos éramos identificados por tarjetas de colores. El corazón comenzó a latir un poco más fuerte; aquella sensación se sentía familiar, de décadas atrás.
—Valerie, pase por favor.
Y así traspasé la gran puerta de vidrio. Sorprendentemente, vi algunas sonrisas. Los mitos comenzaron a derrumbarse. Todo estaba ocurriendo frente a mis ojos y mi turno estaba muy cerca. Esta vez no me acompañaba mi madre, como había sido décadas atrás; esta vez no había a quién acudir por respuestas. La responsabilidad era enteramente mía.
Coloqué mis huellas dactilares como si lo que venía a continuación fuera algo sumamente serio e importante en la vida. La mujer me miró directamente a los ojos y comenzaron las preguntas.
Solo debía responder con la verdad.
Aquello resultó sencillo: eran detalles de mi cotidianidad, sin margen de error y es que ¿qué error puede haber en explicar el diario vivir? La presión mental alimentada por los mitos iba desapareciendo.
Respiré profundamente y hablé lo necesario, informando únicamente lo que se me cuestionaba. El instante fue más breve de lo que pensé. Las preguntas eran lógicas, fáciles de responder.
En un descuido, fijé mi mirada en sus ojos. Unos segundos de silencio se interpusieron entre ambas. Tomó un sello con sus manos y lo hizo sonar con fuerza sobre mi documento. El silencio continuaba.
Recostó los brazos sobre el escritorio y me dijo, a través de la fría y poco iluminada ventanilla:
—Buen viaje, fue aprobada.
Sentí entonces una alegría indescriptible, como si hubiese alcanzado algo profundamente importante.
Le agradecí con una amplia sonrisa y caminé hacia afuera de la gran puerta de vidrio. Era la última en la fila, por lo que las miradas ya no me esperaban juzgar mi tristeza o mi alegría.
Salí del recinto a paso lento, como si aún existiera el riesgo de perder la aprobación; los mitos seguían resonando en mi mente.
Abordé mi vehículo y encendí el celular: llevaba horas desconectada. Di el respectivo aviso a la sociedad. Las felicitaciones llegaron como cuando se logra algo impensable.
En las afueras, me topé con lágrimas y varios rostros decepcionados, como si la vida se les hubiese esfumado.
Supe entonces que aquel día sí era importante, aunque el único mérito que podía adjudicarme era el de haber respondido con honestidad a una extranjera sobre detalles muy simples de mi cotidianidad.








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