UNA LLAVE TENEMOS, Y SI LA PERDEMOS…
- Valerie Rodas

- 20 mar 2024
- 6 Min. de lectura
Esta es una anécdota que le quiero compartir porque me dejó un par de aprendizajes y porque me gusta contarle de las cosas más simples que a todos nos pueden pasar.
Como cada año, desde hace varios, me regalé la oportunidad de pasar el Quinto Domingo de Cuaresma en la ciudad colonial, disfruté del paso peatonal y las tradiciones, sin vehículos circulando, y cabe mencionar que había una calma que distaba mucho a la de otros años, pero sé bien y comprendo que dicha decisión ha afectado en distintos aspectos a una parte de la población antigüeña, así que esta es solo mi percepción, desde el privilegio de viajar en automóvil, pagar una noche de estadía y Q15 por hora de parqueo en las afueras.
Había sido un día memorable y muy agradable compartiendo con mis seres queridos; llegó la noche, viajábamos en dos vehículos que estaban estacionados a un par de kilómetros de distancia el uno del otro, así que decidimos movilizarnos en el vehículo más cercano para llegar hacia el del otro conductor.
Comenzamos la marcha alrededor de las 9 PM. El trayecto, debido al paso procesional y a la afluencia vehicular exclusiva en las afueras, tardó 40 minutos; hicimos una breve parada para hacer una consulta a un agente de tránsito, y seguimos el camino, al llegar al punto, nos percatamos que durante esa breve consulta al agente de tránsito, al abrir la puerta del carro, se había caído la bolsa que contenía la llave del segundo vehículo. Comenzó entonces, la hazaña.
Siempre he creído que soy una persona capaz de resolver, es decir que en situaciones de estrés, soy quien se dedica a pensar inmediatamente en las posibles soluciones, pero no me había topado con una situación como la de esa noche en la que todos mis planes… fallaron.
EL CERRAJERO
Lo primero que hice fue averiguar en internet de un cerrajero de automóviles para hacer una llave con chip, en la ciudad colonial y que atendiera emergencias, encontré solamente uno y casualmente estaba esa noche a 35 kilómetros de distancia, por lo que se ofreció a llegar por el doble de precio de lo que usualmente cobraba, esto también por la fecha y la hora, su cotización era un número que alcanzaba 4 cifras.
Hospedarnos una noche más, no era opción por diversos motivos. Y el carro estaba estacionado en una calle bastante desolada. Debido a la desesperación, accedimos con esfuerzo al costo, pero había un detalle, el cerrajero quería una parte del dinero por anticipado en su cuenta, esto no era posible por dos razones, la primera era que podía ser arriesgado perder el dinero y la segunda, la hora porque ya no se podían hacer transferencias de un banco hacia otro distinto.
En ese momento, recibí un mensaje en el que me recomendaban a otro cerrajero, ubicado en La Antigua, le llamé y accedió por la mitad del costo del anterior, aunque era un número que también llegaba a las 4 cifras, pero considerablemente más accesible. Tras un par de mensajes, cerramos el trato.
Necesitaba el dinero en efectivo para pagarle y a partir de ese instante, aprendí que no controlamos nada de lo que creemos, mucho menos si es un domingo por la noche.
EL DINERO DIGITAL
Tenía el dinero disponible en una cuenta monetaria, me percaté de que no llevaba la tarjeta de débito para retirarlo, respiré profundo.
Eran más de las 10 PM por lo que era imposible realizar una transferencia al otro banco del cual sí tenía la tarjeta de débito. Seguí pensando en soluciones mientras dábamos vueltas en el carro buscando un cajero automático para retirar dinero en efectivo; el cansancio físico del día y el mental del momento, comenzaba a causar frustración.
El cortejo procesional impedía el ingreso a las calles del centro de La Antigua y las arterias en los alrededores estaban colapsadas, el tiempo pasaba y el cerrajero estaba por llegar al punto donde estaba estacionado el vehículo.
Se me ocurrió trasladar el dinero a través de una billetera digital que tenía asociada hacia la otra cuenta, fue posible, ahora con un cajero, todo estaría solucionado, eso creí.
Por la hora, los cajeros estaban cerrados, decidimos estacionar en el parqueo municipal para comenzar a caminar y encontrar uno; nos dieron la referencia de tres lugares, caminamos y llegamos a uno, era un alivio inmenso hasta que en su pantalla indicó que estaba fuera de servicio. Caminamos hacia el siguiente punto, estaba cerrado. Llegamos al tercer punto de referencia, y pasó lo mismo, era inaccesible por la hora.
Encontramos otro, en esta ocasión nos indicaron que al tocar la puerta nos podrían ayudar, nos abrieron, pero la ayuda no estuvo disponible.
Decidimos entonces volver al vehículo y aprovechar que ya era casi medianoche y se había habilitado el paso vehicular por toda la Ciudad Colonial. Comenzamos a recorrer varias cuadras sobre las calles empedradas sin tener éxito.
Llamé al cerrajero y le pregunté si podía hacerle una transferencia, y accedió finalmente. El detalle era que necesitaba hacerla desde el mismo banco en el que él tenía su cuenta, para que fuera posible por la hora, entonces necesitaba regresar el dinero de la billetera digital hacia mi cuenta en el banco con el que coincidíamos, debía ser sencillo.
Cuando intentamos retirar los fondos de la billetera digital, salió un mensaje de error en la pantalla, que indicada que era necesaria una selfi para comprobar identidad, así fue hecho, pero desafortunadamente, posterior a ello, no pasó nada más que un mensaje en pantalla que decía “revisaremos tu solicitud”.
Básicamente, el dinero estaba retenido, no había un cajero disponible para retirar efectivo, no servían las bancas virtuales para transferencias y las aplicaciones de billeteras digitales estaban fuera de servicio por la hora. En ese instante vi al cielo y dije con voz clara: “Dios, no te entiendo en este momento, no sé de qué trata esta lección…” el cerrajero me avisó por un mensaje que ya habia comenzado a trabajar en el auto, le agradecí y le dije que llegaba en un momento con su dinero, que no se preocupara, aunque por dentro, era yo quien no tenía idea de qué haríamos.
Un niño se acercó preguntándonos si estábamos buscando la procesión, imagino que vio nuestros rostros desorientados, le dijimos que necesitábamos un cajero, para seguirle la conversación por su amabilidad, no comprendió la referencia, intentamos nuevamente diciéndole: “De esas cajas grandes amarillas donde se saca pisto…” e inmediatamente comprendió, corrió con su madre a preguntarle y ella le dijo que por la hora, sería difícil que encontráramos. Nos despedimos sonriendo y agradeciendo el buen gesto.
EL CAJERO
Después de varios intentos con distintos métodos, logré tener los fondos en la cuenta bancaria desde la que podría trasladar los fondos, emocionada comencé a copiar el número de cuenta del cerrajero en mi pantalla para hacer la transferencia, estaba nerviosa, sentía que cada campo por llenar era eterno, finalmente logré asociar la cuenta y le di clic al botón de “transferir”… casi escucho la carcajada del Sombrerón burlándose de mí, la aplicación se cerró abruptamente con un mensaje que decía que había ocurrido un error. Cerré los ojos un momento, los abrí y vi la hora, eran las 12 en punto, ya no podía ingresar a mi banca por políticas de seguridad del banco. Comencé a reírme, era todo, una misión imposible.
Avanzamos unas calles buscando un cajero que estuviera abierto y con dinero disponible, le pedí a Dios que por favor llegara la solución, llevábamos tres horas en la hazaña; milagrosamente, en una calle aparecieron tres cajeros, me quedé dentro del carro esperando a quien fue a retirar los fondos porque temí encontrarlos fuera de servicio, cuando vi a la persona acercarse con el fajo de billetes, sentí un alivio inexplicable.
EL SONIDO DEL MOTOR
Llegamos a donde estaba el cerrajero, saludamos al conductor que se había quedado en ese punto cuidando el vehículo y al vernos sonrió de alivio también, nos quedamos frente al carro esperando escuchar finalmente el sonido del motor… pasaron 10 minutos, 15 minutos, 40 minutos y el cerrajero no tenía buen semblante, era obvio que se le estaba complicando algo mientras hacia su trabajo; llevaba ya unas horas en ello.
Volví al otro vehículo y vi la hora, la 1 de la mañana, estaba a casi 60 kilómetros de mi casa y la jornada laboral comenzaba en unas horas. Me recosté en el asiento, comí los restos de una bolsa de papalinas mientras observaba la calle desolada y el potente reflejo de las lámparas, y claro que pensé en las leyendas porque La Antigua y la noche son propicias paga ello.
Me acomodé con un largo suspiro mientras recostaba mi cabeza en la ventana, observando el retrovisor: “Dios, por favor, que la llave sirva, que el carro arranque.” ¡y escuché, por fin, el sonido del motor!
A la 1:30 AM comenzamos el retorno hacia nuestros hogares, a las 3:30 AM recosté mi cabeza en la almohada, en mi cama. ¡Qué noche!
Después de esta vivencia, confirmé que no somos nosotros quienes resolvemos, hay una fuerza que nos sobrepasa, nos guía y que decide cuándo y por qué pasan las cosas, por muy sencillas que sean. El control, no lo tenemos, aunque así lo creamos.
Y claro, aprendí que siempre es bueno tener dinero en efectivo a la mano porque digital, durante una emergencia, ¡no sirve de nada!





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