FOPPA: REFLEXIÓN DE UNA URGENTE REVOLUCIÓN

Hoy vi por televisión el féretro de Juan Francisco Solórzano Foppa mientras pasaba frente al Palacio Nacional de la Cultura. Una imagen que me llenó de tristeza, pero, sobre todo, de enojo.
Mientras observaba el cortejo, no podía dejar de pensar en su familia. En el dolor inmenso que deben estar sintiendo y en todo lo que les espera cuando terminen los homenajes, se apaguen las cámaras y la vida de los demás continúe con aparente normalidad.
Pensé especialmente en su hijo. Me pregunté si el mismo Foppa, de haber sabido que moriría asesinado frente a él, habría reflexionado sobre cuánto valía la pena arriesgar su vida por un país que tantas veces parece indiferente a quienes intentan transformarlo.
Por supuesto, nunca sabremos qué habría pensado. Y tampoco creo que Foppa esperara morir a balazos mientras compartía un momento que debía ser de alegría. Su muerte no fue una decisión ni un sacrificio voluntario. Fue un asesinato.
Y no es justo. No es justo para él, para su familia ni para una sociedad que, lamentablemente, parece acostumbrarse a todo.
Ahora resulta que muchos de los llamados influencers publican videos hablando de Foppa. Personas que, hasta donde pude observar, jamás compartieron sus denuncias, sus investigaciones o sus publicaciones cuando estaba vivo.
Y esto me provoca una indignación enorme.
Porque me pregunto: ¿por qué esperamos a que maten a alguien para darle la visibilidad que merecía cuando estaba vivo?
Me entristece comparar la cantidad de seguidores y visualizaciones que tenía Foppa con las que acumulan personas que se dedican principalmente a vender vacaciones, artículos importados, productos chinos que probablemente terminarán en la basura o servicios que promocionan sin necesariamente utilizarlos ni creer en ellos.
Y aclaro algo: no tengo nada en contra de que estas personas hagan su trabajo. Pueden seguir entreteniendo, viajando, mostrando restaurantes o anunciando marcas. Y, sería mucho más transparente que algunos colocaran en la descripción de sus perfiles que son promotores comerciales o vendedores de marcas que les pagan, en lugar de presentarse únicamente como creadores de contenido.
El problema somos nosotros, quienes decidimos qué consumir, qué compartir y a quién convertir en una figura influyente.
Basta con observar las visualizaciones en las redes sociales: cientos de miles de reproducciones, aplausos y comentarios para contenido comercial que muchas veces no aporta mayor cosa a nuestra vida. Mientras tanto, las denuncias ciudadanas, las investigaciones, las voces críticas y los llamados a exigir transparencia no siempre consiguen una atención comparable.
Los videos de Foppa tenían una audiencia importante, por supuesto, pero me habría gustado que alcanzaran la misma exposición que tantos contenidos de entretenimiento y consumo.
No estoy diciendo que debamos dejar de divertirnos. La vida también necesita distracción, viajes, música y momentos agradables. Yo misma disfruto de todo ello. Lo que cuestiono es nuestra escala de prioridades.
¿Qué tal si empezamos a viralizar también a quienes denuncian lo que está mal? ¿Qué tal si hacemos influyentes a las personas que nos invitan a pensar?
Porque compartir una denuncia, investigar su contenido, discutirla y exigir respuestas puede tener un valor social muchísimo mayor que recomendar el siguiente producto de moda.
Y esto no tendría que comenzar después de un asesinato.
Hay muchos guatemaltecos que han decidido callar. Algunos por miedo, otros por pereza y muchos más por indiferencia. Y, para mí, esta última es una de las enfermedades más graves de nuestra sociedad.
Escucho constantemente aquella frase que algunas personas pronuncian casi con orgullo: «Ay, a mí no me gusta la política».
Me parece absurdo.
No podemos vivir completamente ajenos a las decisiones que determinan nuestro presente y nuestro futuro. Es como vivir en un condominio sin interesarse por quién integra la junta directiva, quién administra los recursos, quién está a cargo de la seguridad o qué decisiones se toman sobre el lugar donde vivimos.
Ahora imaginemos eso a escala nacional.
¿Cómo pretendemos que funcione Guatemala si ni siquiera nos interesa conocer a quienes la gobiernan?
La política no se limita a pertenecer a un partido, defender a un candidato o discutir en redes sociales. Está presente en la educación que reciben nuestros niños, en los hospitales a los que acudimos, en la seguridad de nuestras calles, en los impuestos que pagamos y en las oportunidades que tenemos para desarrollarnos.
Y mientras seguimos diciendo que no nos gusta la política, permitimos que una estructura gubernamental fallida, construida y sostenida durante décadas, continúe funcionando entre corrupción, impunidad y mediocridad.
No todos tenemos que dedicarnos a la política, pero todos deberíamos interesarnos por ella. Porque la indiferencia no nos mantiene al margen de las consecuencias.
También me parece lamentable observar cómo algunos personajes políticos, incluidos quienes anteriormente criticaban a Foppa, ahora aparecen en videos hablando de su muerte, ofreciendo seguridad y prometiendo un país distinto.
Y no puedo evitar preguntarme cuánto de esa indignación es genuina y cuánto responde a la oportunidad de ganar visibilidad frente a una tragedia nacional.
Estamos acercándonos a otro proceso electoral y, de pronto, algunos descubren que Guatemala necesita justicia, seguridad y autoridades eficientes.
¡Qué descubrimiento!
¿Dónde estaban cuando Foppa llevaba años denunciando situaciones que consideraba irregulares? Porque Foppa no comenzó a levantar la voz hace unas semanas. Llevaba mucho tiempo haciéndolo, públicamente y asumiendo los riesgos de enfrentarse a personas y estructuras de poder.
Seguramente no era perfecto. Yo no tuve la oportunidad de conocerlo personalmente, ni tengo por qué coincidir con todas sus opiniones o actuaciones para reconocer el valor de su trabajo.
Sus videos me parecían valientes y, sobre todo, fundamentales para promover la discusión pública.
Por eso me parece terrible que algunos de quienes lo desacreditaban ahora pretendan presentarse como defensores de las mismas causas que él denunciaba.
La muerte de una persona no debería convertirse en una oportunidad publicitaria, mucho menos política. Y tampoco basta con grabarse diciendo que se exigirá justicia. La justicia se demuestra con acciones, investigaciones serias, transparencia y resultados.
Somos un país donde la participación electoral debería preocuparnos mucho más. Según los resultados de las elecciones presidenciales de 2023, en la segunda vuelta apenas participó alrededor del 45 % de los ciudadanos empadronados. Es decir, más de la mitad del padrón no acudió a votar para elegir al presidente y vicepresidente de Guatemala.
Y aunque las razones del abstencionismo son diversas, esa cifra debería obligarnos a reflexionar sobre nuestra relación con la democracia.
Hay demasiados ciudadanos que prefieren no involucrarse porque consideran que nada va a cambiar.
Y claro que nada cambiará si nosotros mismos seguimos alimentando esa narrativa.
No se trata únicamente de presentarnos a las urnas cada cuatro años. Se trata de analizar a las personas por las que votamos, investigar sus antecedentes, cuestionar sus propuestas y entender qué están ofreciendo y si realmente tienen la capacidad para cumplirlo.
Y aun haciendo todo ese trabajo podemos equivocarnos.
Yo misma me he equivocado al confiar en determinadas propuestas políticas, y tengo el valor de reconocerlo. Porque votar con fundamento no garantiza que nuestras expectativas se cumplan ni que las personas elegidas respondan de la manera que esperábamos.
Reconocer que nos equivocamos no nos hace menos inteligentes. Nos hace capaces de aprender.
Lo que verdaderamente nos perjudica es convertir a los políticos en ídolos intocables, justificarles absolutamente todo o defenderlos por orgullo, aunque los hechos nos obliguen a cuestionarlos.
Necesitamos aprender a dialogar, a discutir con argumentos y a cambiar de opinión cuando exista evidencia. La democracia también requiere ciudadanos capaces de exigirles cuentas a las personas por quienes votaron.
El asesinato de Foppa también dejó al descubierto otra realidad profundamente desagradable de Guatemala.
En medio de un partido de fútbol, en un espacio público, ocurrió un ataque armado que terminó con la vida de dos personas: Foppa y Gustavo Adolfo Aguilar Gamarro.
Después vino otro espectáculo vergonzoso.
Dos hermanos indígenas fueron detenidos inicialmente y señalados públicamente como sospechosos. Posteriormente, un juez declaró falta de mérito para procesarlos.
Sin embargo, antes de que se esclarecieran los hechos, ya había personas en redes sociales tratándolos como culpables. Y entre las reacciones aparecieron prejuicios relacionados con su origen indígena y sus dificultades para comunicarse en español.
¡Qué vergüenza!
¿Cómo es posible que todavía pretendamos determinar la culpabilidad de una persona por su apariencia, su origen étnico o el idioma que habla?
Según el Censo de Población de 2018 del Instituto Nacional de Estadística, aproximadamente el 43.6 % de los guatemaltecos se identificó como perteneciente a los pueblos maya, xinka o garífuna. Es decir, estamos hablando de una parte enorme de nuestra población, a la que todavía se discrimina por motivos que deberían avergonzarnos como sociedad.
Nos llenamos la boca hablando de nuestros trajes típicos, de nuestras tradiciones, de nuestros colores y de la riqueza cultural de Guatemala, pero muchas veces no somos capaces de respetar a las personas que mantienen viva esa cultura.
El debido proceso y la presunción de inocencia no pueden depender del apellido, la ropa, el idioma o el color de piel de una persona.
Y no podemos exigir justicia por Foppa mientras toleramos injusticias contra otros guatemaltecos. Porque entonces no estamos defendiendo la justicia como principio, sino únicamente cuando nos conviene.
Lo que necesitamos como sociedad es tener huevos y ovarios. Sí, huevos y ovarios para dejar de ser indiferentes, para exigir, para reconocer nuestros errores y para cuestionar incluso aquello que hemos defendido durante años.
No estoy hablando de tomar las armas ni de promover la violencia. Estoy hablando de una revolución mucho más profunda: la revolución del conocimiento, del análisis y del pensamiento crítico.
Tenemos que instruirnos más. Leer más. Investigar antes de compartir. Aprender a distinguir una opinión de un hecho y una denuncia sustentada de una acusación sin pruebas.
Tenemos que enseñarles a nuestros niños a pensar, no solamente a memorizar información para aprobar un examen.
Y aquí también tenemos cifras que deberían preocuparnos. Según la evaluación nacional de graduandos de 2024 del Ministerio de Educación, solamente el 12.9 % de los estudiantes evaluados alcanzó el nivel de logro esperado en Matemáticas, mientras que en Lectura lo consiguió el 35.53 %.
Es decir, de cada cien estudiantes próximos a graduarse del nivel diversificado, aproximadamente trece demostraron las competencias matemáticas esperadas y treinta y seis alcanzaron el nivel de logro en Lectura.
¿Cómo pretendemos formar una ciudadanía capaz de analizar propuestas, interpretar presupuestos, comprender información o cuestionar decisiones públicas si tenemos semejantes deficiencias en competencias fundamentales?
Nuestro sistema educativo necesita transformaciones profundas. Necesitamos educación de calidad y programas que incorporen herramientas reales para la vida: finanzas personales, pensamiento crítico, razonamiento lógico, formación ciudadana, derechos y obligaciones, análisis de información y resolución de problemas.
Necesitamos formar ciudadanos capaces de cuestionar a una autoridad sin miedo, de reconocer una manipulación, de administrar sus recursos y de comprender que sus decisiones individuales tienen consecuencias colectivas.
Porque una sociedad que no analiza es mucho más fácil de engañar. Y una sociedad que no se interesa por aprender termina dejando su futuro en manos de quienes sí conocen el valor del poder.
He dicho mil veces que Guatemala es maravillosa. Un país de colores, cultura, paisajes extraordinarios, tradiciones, talento y gente trabajadora.
Lo he escrito durante años, porque me apasiona conocer y contar las historias de las personas que hacen de este un país tan peculiar.
Pero hoy estoy enojada con Guatemala.
Porque toda esa belleza no puede seguir sirviéndonos para disimular lo que está mal. Tenemos un país precioso que, poco a poco, se nos está yendo al inodoro.
Y perdón por la expresión, pero no encuentro otra que describa mejor mi frustración.
Nos hemos acostumbrado tanto a las tragedias que, cuando alguien muere violentamente, muchas veces nuestra primera preocupación es saber si habrá tráfico, si cerrarán alguna calle o si el fallecido era una persona famosa.
Si resulta conocido, publicamos fotografías, compartimos condolencias, comentamos durante unos días y luego seguimos adelante. Hasta que sucede otra tragedia y repetimos exactamente lo mismo.
No quiero decir que todos los guatemaltecos seamos indiferentes. Hay muchísimas personas trabajando cada día para mejorar nuestro país, muchas veces sin reconocimiento, sin recursos y asumiendo enormes riesgos.
Pero no podemos seguir dejando esa responsabilidad en manos de unos cuantos valientes.
Tampoco me convence que, frente a estas críticas, se responda únicamente con indicadores económicos que supuestamente demuestran que Guatemala va muy bien.
Pues tengo noticias: Guatemala puede ir muy bien para unos cuantos mientras sigue siendo profundamente injusta para muchísimos otros.
Según la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCOVI) 2023, presentada por el Instituto Nacional de Estadística, el 56 % de la población guatemalteca vive en condiciones de pobreza y, dentro de ese porcentaje, el 16.2 % de la población total se encuentra en pobreza extrema.
Más de la mitad de nuestro país es pobre. ¿De qué desarrollo estamos hablando cuando tantos guatemaltecos todavía no tienen las condiciones necesarias para vivir dignamente?
Y ni siquiera quienes consideran que su economía personal está mejor necesariamente viven en mejores condiciones. Tener acceso a más productos, más tarjetas de crédito, más préstamos o más financiamiento no significa automáticamente tener mayor bienestar.
No confundamos el consumo con el progreso.
Podemos tener más restaurantes, más comercios, más vehículos y más centros comerciales mientras continuamos sin resolver problemas fundamentales de educación, salud, seguridad y justicia.
El verdadero desarrollo debería reflejarse en oportunidades dignas para la mayoría, no solamente en indicadores favorables o en la capacidad de consumo de determinados sectores.
Y no, esto no es pesimismo. Es negarme a confundir el amor por Guatemala con la obligación de aplaudirla. Amar a un país también significa tener el valor de reconocer lo que está mal.
Hoy despedimos a Foppa, pero mañana debería comenzar algo más importante que una sucesión de homenajes.
Deberíamos preguntarnos qué vamos a hacer con todo lo que denunció durante años. Cuántas de esas denuncias hemos investigado, discutido o acompañado con exigencias concretas hacia las autoridades. Cuántas veces compartimos sus videos, no solamente porque estábamos de acuerdo con él, sino porque comprendíamos la importancia de que más ciudadanos conocieran lo que estaba señalando.
No le estoy pidiendo que deje de seguir a sus influencers favoritos, que ya no vea videos de viajes ni que renuncie al entretenimiento.
Le estoy pidiendo algo mucho más sencillo: que también dedique parte de ese tiempo a informarse sobre Guatemala.
Que cuando encuentre una denuncia ciudadana documentada la comparta, que investigue quiénes son sus autoridades, que cuestione el uso de los recursos públicos, que exija respuestas y que aprenda a reconocer cuándo le están mintiendo.
Que no se conforme con decir que todos los políticos son iguales y que nada puede cambiar.
Que se involucre en su comunidad, en su municipio, en las decisiones del colegio de sus hijos y en todo aquello que también forma parte de la vida pública.
Y que comprenda que no necesitamos estar de acuerdo en todo para construir un mejor país. Necesitamos tener interés, respeto, criterio y valentía.
No será un cambio inmediato. Posiblemente no lo veamos completarse en nuestra generación. Pero podemos comenzar a construirlo. Es una manera mucho más honesta de demostrar que amamos a nuestra patria.
No conocí personalmente a Juan Francisco Solórzano Foppa. No puedo afirmar que haya sido un hombre perfecto, porque ninguno de nosotros lo es. Pero sí puedo reconocer que sus intervenciones públicas me parecieron importantes, valientes y necesarias.
Hoy no quiero quedarme únicamente con la imagen de su féretro pasando frente al Palacio Nacional, que observé por televisión.
Pienso en quienes lo amaban. En sus hijos, en su familia, en las personas que compartían con él una vida que ahora tendrá una ausencia imposible de llenar.
Pienso también en la familia de Gustavo Adolfo Aguilar Gamarro, un gran deportista y judoca guatemalteco que también perdió la vida durante aquel ataque, mientras participaba en la actividad deportiva. Una víctima de una violencia que alcanzó a alguien más, cuya muerte no debe quedar relegada a una mención secundaria, porque su vida tenía exactamente el mismo valor. Su familia también enfrenta una pérdida irreparable, una ausencia y un dolor que merecen nuestro respeto y solidaridad.
Porque lo más difícil para ambas familias posiblemente comience cuando termine el ruido público, cuando desaparezcan las cámaras, cuando dejen de sonar los teléfonos y llegue el momento de enfrentarse a la cotidianidad sin sus seres queridos.
Y pienso especialmente en el trauma de presenciar una tragedia tan violenta, en las heridas emocionales que requieren tiempo, acompañamiento y muchísimo amor para comenzar a sanar.
Ninguna causa debería exigirle a una familia semejante sufrimiento.
Deseo de corazón que ambas familias encuentren fortaleza y acompañamiento para atravesar este dolor.
Y deseo que Guatemala no convierta estas muertes en otras noticias que se olvidan cuando aparece la siguiente.
Porque no basta con un responso, con una publicación, con un video de condolencias ni con un homenaje.
Hay que exigir justicia. Hay que exigir que se investigue hasta esclarecer lo ocurrido, sin fabricar culpables, sin prejuicios y sin permitir que la impunidad vuelva a imponerse.
Y, sobre todo, hay que empezar a darles visibilidad, apoyo y protección a quienes tienen el valor de levantar la voz mientras están vivos.
Hoy, 20 de octubre, cuando conmemoramos la Revolución de 1944, me parece imposible no pensar en el significado que debería tener esa palabra para nuestra generación.
La mayor revolución que necesita Guatemala no se hace con armas. Se hace con conocimiento, análisis, pensamiento crítico y con el valor de dejar de ser indiferentes.
Este país necesita ser rescatado por nosotros mismos.
Que descansen en paz Juan Francisco Solórzano Foppa y Gustavo Adolfo Aguilar Gamarro y todos los que han muerto en n esta patria, injustamente y con completa impunidad.
Y que nosotros, los que seguimos aquí, tengamos por fin los huevos y los ovarios, disculpe usted la expresión, de hacer algo más que lamentarlo.
@elblogdevalerie





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