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LAS MANOS QUE SANAN

Foto del escritor: Valerie Rodas
Valerie Rodas
hace 14 minutos
3 min de lectura

Hace unos días, durante un viaje de aproximadamente dos horas en un servicio de transporte por aplicación, escuché una historia que despertó nuevamente mi curiosidad por ciertas prácticas de la medicina tradicional. Como de costumbre, viajaba en el asiento trasero del vehículo, entretenida con las historias de quien conducía.


El hombre me contó que, cuando jugaba fútbol, sufría constantemente lesiones en un pie y acudía con un huesero que conseguía componérselo. Pero lo verdaderamente sorprendente vino después.


Me aseguró que, en una ocasión, presenció cómo llevaron ante ese mismo hombre a una niña que parecía estar al borde de la muerte. Tenía los ojos casi en blanco y apenas reaccionaba. El sobador comenzó a masajearle el abdomen, después la colocó de cabeza y le golpeó las plantas de los pies.


Según su relato, la niña sobrevivió gracias a aquella intervención. Lo contaba con absoluta convicción, sin encontrar nada extraordinario en lo que para mí resultaba casi inexplicable.


No es la primera vez que escucho algo semejante.


En mi libro Chapinópolis, dentro del relato «Dalia: crónica de un suicidio anunciado», una mujer me contó que, siendo adolescente, no conseguía quedar embarazada. Le dijeron que tenía un problema en la matriz por haber cargado café desde niña. Una curandera del pueblo le sobó el vientre y, tiempo después, tuvo a su primera hija. Dalia estaba convencida de que aquella sobada había funcionado.


Y es que hasta en los grupos de WhatsApp aparecen ocasionalmente mensajes de vecinos solicitando contactos de personas que soban.


Recuerdo también a una joven que me ayudaba con la organización de mi casa. Cada vez que me veía preocupada por la salud de mi bebé, me sugería llevarlo a sobar. En ocasiones, incluso mencionaba el mal de ojo.


Nunca recurrí a esas prácticas porque no comparto tales creencias, pero me impresionaba la seguridad con la que hablaba de ellas. Me observaba con una especie de lástima al comprobar que sus sugerencias no lograban convencerme.


Lo interesante es que esta tradición también ha despertado el interés científico.


En 1991, la revista Medical Anthropology publicó una investigación sobre el empacho en comunidades rurales de Guatemala, identificando síntomas como diarrea, vómitos y pérdida del apetito. Otro estudio, publicado en 2002 y titulado The Hands Know («Las manos saben»), analizó el trabajo de hueseros mayas guatemaltecos y cómo utilizan el tacto para reconocer y tratar lesiones.


Fuera de nuestras fronteras, una investigación realizada en México y publicada en Social Science & Medicine en 1987 observó durante nueve meses el trabajo de un sobador, evaluando dolores musculares, movilidad y resultados de sus tratamientos.


Estas investigaciones documentan las prácticas y algunas de sus características, pero no demuestran que las sobadas puedan curar cualquier enfermedad ni sustituyen la atención médica.


Y entonces me pregunto: ¿quiénes son realmente estas personas? ¿Cómo aprendieron a reconocer dolencias con sus manos? ¿Es experiencia, conocimiento anatómico, sugestión o algo que sus pacientes interpretan como un don?


Personalmente, encuentro fascinante esta parte de nuestra cultura. No considero necesario creer en todo para respetar las experiencias ajenas, pero tampoco podemos confundir un testimonio con una comprobación científica.


Lo que más me intriga es que las personas que me han contado estas historias no parecen interesadas en convencerme de nada. Simplemente relatan algo que aseguran haber vivido y que jamás olvidarán.


Y usted, estimado lector, ¿ha tenido alguna experiencia con un sobador o una sobadora? ¿Conoce a alguien que asegure haberse curado gracias a estas prácticas? ¿Usted cree o no cree?



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