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PENSAMIENTOS DEL ENCIERRO III 🤔

Foto del escritor: Valerie Rodas
Valerie Rodas
22 sept 2020
3 min de lectura

Han transcurrido SEIS MESES desde que la vida nos cambió y, ahora si, entendí que no es algo temporal, esto no va a pasar, el coronavirus transformó drásticamente nuestro paso por la tierra, para bien o para mal, es lo que hay. Ya podemos comenzar a pensar en cómo vamos a contarles a los más jóvenes en un par de décadas “cuando nos llegó el virus”.


Aquel escenario apocalíptico de calles vacías terminó, y confieso que creí sentir un alivio porque todo volvía a la “normalidad”, pero al salir noté que ya nada de lo que acostumbraba hacer es posible, por precaución principalmente. Salir de casa se convirtió en algo estrictamente necesario sin fines de ocio y es que no concibo aún el sentarme en un restaurante o visitar un lugar turístico porque viene inmediato el pensamiento “¿y si me contagio?”.

La mascarilla se me ha olvidado un par de veces, es como salir a la calle por error con un zapato distinto al otro, inunda una sensación de vergüenza y angustia que obliga a volver rápidamente a casa para remediar.


Mientras el crujido del mordisco de una platanina inunda mis oídos, comienzo a divagar en el sabor de la misma, y esto me transporta a la realidad de el último trimestre del año, pienso en que no habrá oportunidad de caminar en los alrededores de la Iglesia de Santo Domingo durante octubre, ni podré recorrer el Paseo de la Sexta Avenida buscando eventos del Festival del Centro Histórico, ¡me voy a perder el inigualable azul del cielo de noviembre desde el Parque Central! y mis suéteres no saldrán este año para cubrir del acogedor frío de diciembre.


El virus no me ha alcanzado aunque así lo sienta cada vez que estornudo o tengo tos, inmediatamente se dispara la paranoia, me tomo la temperatura y mido mi oxigenación, aunque por ser asmática sepa perfectamente que estoy respirando bien, pero mi voz de paz mental susurra “más vale prevenir que lamentar”.


Pienso en los padres de familia que ya no saben qué más jugar con sus hijos, y pienso en los niños que deben estar desesperados por volver a ver a sus amigos, el juego es algo importante en el desarrollo de la infancia; pasan por mi mente las personas de la tercera edad que la están pasando mal porque perdieron la valiosa libertad de la libre locomoción. Ya no me fijo en el número de contagios, ya no creo ninguna noticia del gobierno y poco sé del estado de los hospitales; sigo creyendo que los médicos y enfermeras han sido los protagonistas más admirables durante esta pandemia y también los más olvidados junto a las personas que viven en extrema pobreza.


Regreso pronto al razonamiento y veo mis privilegios, cómo es posible que me disgusten cosas tan vanas mientras familias enteras lo han perdido todo, cómo es posible que piense que me ha cambiado la vida si no he perdido nada más que un poco de libertad y uno que otro paisaje algún fin de semana. No es con desánimo que veo lo que estamos viviendo sino con asombro y también con culpa por atreverme a extrañar lo innecesario cuando tengo todo lo que hace de esto un momento solamente extraño.


Cambio entonces mi sentir y deseo que el corazón de quienes han perdido a un ser querido sea reconfortado, que quienes tengamos un poquito más sepamos dar a quienes tienen menos, que quienes la estén pasando mal encuentren pronto una luz de esperanza y abundancia. Y que quienes vivimos todo esto solamente con una sensación de extrañeza, comprendamos pronto que no tenemos más que una gran fortuna 🙏🏼


Aquí la parte I y II 📖







 
 
 

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