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UN PEDACITO DE ATITLÁN 💙

Foto del escritor: Valerie Rodas
Valerie Rodas
12 jul 2023
3 min de lectura

La tarde del domingo parecía ser cada vez más tranquila con el transcurso de las horas, a esto se sumaba una leve llovizna; algunos comercios de artesanías permanecían abiertos más para pasar el tiempo que para vender. El lago de Atitlán estaba descansando con muy pocos observadores alrededor, contrario a los muelles concurridos de los pueblos aledaños; en Santiago Atitlán, la calma del domingo resultaba el escenario ideal para desconectar el pensamiento.


A eso de las seis de la tarde, todo comenzó a cobrar vida, los tuc tuc transitaban acelerados, algunos con luces neón destellando en su interior; decenas de hombres y mujeres con sus vestimentas Tz’utijiles impecables, sonreían y se saludaban efusivos entre sí, ignorando por completo la existencia de los ajenos al pueblo, los curiosos que observábamos intrigados hacia dónde iban ya que sus apresurados pasos apuntaban a una misma dirección.


Nos apresuramos, siguiéndoles el paso por callejones angostos, con subidas pronunciadas y una mística penumbra, mi mente estaba constantemente preguntándose en dónde estaba Maximón, y es que la última vez que nos encontramos, años atrás, en el mismo  escenario, había sido una experiencia suficientemente aterradora para no querer revivirla jamás.


Finalmente, unas cuadras después de encontrar al primer grupo de lugareños, estaba claro su destino, había una construcción imponente que personalmente confundí con un hotel de lujo al verla, pero que era en realidad una iglesia evangélica; cientos de personas estaban adentro entonando alabanzas, afuera custodiaban las diversas entradas a lo largo de la cuadra algunos hombres con trajes elegantes. Aquello parecía el evento más trascendental del pueblo esa noche de domingo.


Caminamos, luego de saciar la curiosidad, hacia el parque central; un hombre en estado de ebriedad quería estrechar nuestras manos, pero en su intento por acercarse, tropezó con una grada y cayó estrepitosamente al suelo, se levantó inmediatamente y continuó su camino. Aquel pueblo, descansó hasta tarde como si el lunes no pesara tanto como pesa en la ciudad.


Al día siguiente, para mi sorpresa, la población completaba sus labores y actividades con normalidad desde temprano, y es que era obvio en realidad, aquel día, contrario a nosotros, los citadinos, no sería para la conmemoración del Día del Ejército y claro que trasciende la decisión con sólidos y lamentables fundamentos.


El bullicio del mercado y sus alrededores despertaba los sentidos, frutas desconocidos para mí, puestos de venta de mariscos de todas clases y tamaños en las banquetas y algunas vendedoras a la defensiva cuando acercaba mi cámara fotográfica a sus productos. De pronto alguien gritó mi nombre, era una amiga que tenía muchos años de no ver y con quien compartimos en una polémica industria que genera muchísimo empleo para jóvenes pero también bastante explotación. Me contó que ahora vivía allí, al verla tan relajada y feliz, la razón era obvia.


Estar alerta era imprescindible por el paso de los tuc tuc, las mujeres eran quienes predominaban en los puestos de mercado y locales comerciales, al preguntar a una de ellas la razón, tomó entre sus manos un puñado de frijoles de todos colores para explicarme que los hombres estaban trabajando en las afueras, cosechándolas lo que daba la tierra.


Comimos un par de tortillas negras de un comal cercano al parque en donde se concentraban aún algunos hombres ebrios pero inofensivos.


La iglesia católica estaba casi vacía, con toda su atención en la penitencia de un joven indígena que mientras rezaba en Tz’utujil se arrastraba sobre sus rodillas para atravesar la iglesia hasta llegar al frente de su Dios. Su esfuerzo era observado por los santos vestidos de los tradicionales colores de Atitlán. Su sacrificio era también recibido por las antiguas paredes construidas siglos atrás, en los tiempos en los que los españoles llegaron a pedirles que olvidaran a sus dioses para creer preferiblemente en Uno, el mismo que hoy descansa, según sus creencias, en una hermosa y antigua figura tallada en madera con una vestimenta de colores muy distante a la que se utiliza en las imágenes religiosas de la ciudad.


Posterior a tal ejemplificación de sincretismo, llegó el momento de descansar en un digno alojamiento de la casa de una familia Tz’utujil, un espacio construido con base de años de trabajo en el campo y que se caracterizó por la limpieza, habitaciones cómodas, precio accesible y tranquilidad.


Y a grandes rasgos, así es el lugar que tiene como patrono a Santiago Apóstol, mismo espacio donde descansa el monumento a la moneda de 25 centavos de Guatemala en honor a Concepción Ramírez, quien aparece en la “choca” que fue apodada así coloquialmente porque sólo se muestra un ojo de su rostro.


En esencia así es Santiago Atitlán, peculiar pueblo entre aguas y majestuosos volcanes, donde la vida transcurre entre artesanía, agricultura y los motores de los Tuc-Tuc.


Espacio que aún guarda a Maximón aunque otras religiones crezcan cada vez más.


Pueblito de matices en colores y sabores. Tierra de Tz’utujiles en Sololá, a unos 140 kilómetros de la ciudad.






 
 
 

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