VALENTÍA SONRÍE. 💜✊🏼

Su vivienda está ubicada a decenas de kilómetros de la ciudad de Guatemala, en su comunidad los acontecimientos, que me comparte con naturalidad, me dejan boquiabierta; que la nena de por ahí falleció “a saber de qué”, que el vecino bajo los efectos del alcohol apuñaló a la esposa, que la otra vecina adolescente amaneció muerta y así una variedad de situaciones espeluznantes pero cotidianas en su entorno desde que tiene memoria. Tiene veintipico de años.
Todos los días, sin excepción, se despierta a las 4 de la mañana. La jornada comienza con tareas que dependen del día de la semana, durante unos días es necesario caminar kilómetros para moler el maíz que sirve para la producción de tamales y chuchitos, otros días es necesario recolectar pasto en los alrededores para alimentar a una vaca que le permite a ella y a su madre preparar queso y crema para vender. Cuando la venta de sus productos no es suficiente, entonces busca empleo en alguna plantación cercana. Bajo el sol que enrojece su blanca tez, se esfuerza para recolectar tomates, cada cubeta llena le permite ganar Q2.00, en un buen día, recolecta 30 cubetas si el tomate es de buen tamaño. Con el café, es más difícil, junto a su madre con quien comparte todas estas tareas, generan Q40.00 por quintal entregado al supervisor del terreno, por ser de tez blanca, reciben Q40.00, Valentía, nombre ficticio, me cuenta que si fuesen mujeres indígenas de tez morena, recibirían Q30.00.
Su madre, quien tiene casi siete décadas encima padece de varias condiciones médicas que son imposibles de tratar con medicamentos porque o se gasta dinero en medicina o comen todos días. Valentía también padece algunas enfermedades que tampoco son prioridad para tratar, en su pueblo no hay salud pública que les brinde gratuitamente los exámenes que necesitan y la salud privada resulta inaccesible. Viajar a la ciudad a tratarse a uno de los hospitales “grandotes” no es opción, antes lo han intentado pero el gasto de transporte es insostenible. Además, si ellas no trabajan, no hay sustento.
Valentía es risueña, hay días en los que siente que la vida es muy difícil y quisiera desaparecer de la faz de la tierra, sin embargo, cree en Dios y sabe que es Él quien decidirá esto. Su sobrina, recientemente mayor de edad, está embarazada, el padre es un sexagenario que entre matorrales de los sembradíos donde trabajaban, disfrutó de su joven cuerpo meses atrás, al enterarse de la noticia, desapareció. Valentía me narra aquello con decepción, como si la vida constantemente le colocara obstáculos para hacerse cargo de ella misma y ya no de los demás.
Algunos días de la semana se dedica a al trabajo doméstico, trabajar en una empresa es algo lejano ya que ni ella ni sus hermanas han culminado estudios, algunas llegaron a segundo primaria. El trabajo para ganar el sustento es prioridad, el estudio, un privilegio muy lejano. Valentía no tiene acceso a agua potable, nadie en su comunidad tiene, tal vez esto explicaría algunas de las repentinas muertes alrededor de su vivienda, el acostumbrado consumo de agua contaminada.
Valentía unió su vida a un hombre, la relación no prosperó más allá de un par de años porque él no disfrutaba que Valentía le presionara para dejar el excesivo consumo de bebidas alcohólicas, él tampoco estaba de acuerdo con que ella saliera de la casa a trabajar y ayudar a su mamá, Valentía se sintió ahogada y volvió a su casa de infancia, junto a su madre. Todos los sábados, Valentía lleva sobre la cabeza un recipiente colmado de tamales, me cuenta entre risas que no pesa, o que al menos ella ya no lo siente así, camina con esto desde su aldea hasta el pueblo, al menos unos 20 kilómetros, con ánimo, repartiendo en las casas que le compran y regalando algunos tamales a los huérfanos y más pobres de su aldea.
En este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, quiero mostrar mi respeto a Valentía dándole visibilidad a su historia, que es también la de muchas más, para que seamos así conscientes de que a millones de mujeres guatemaltecas aún les hacen falta muchas oportunidades y derechos. De 17 millones de habitantes del país, 8,6 millones son mujeres y el grupo más grande, alrededor del 70%, oscilan entre los 0 y 30 años de edad.
Construyamos una sociedad que luche por estos avances, desde nuestro espacio continuemos empatizando, conociendo y aportando en la forma que nos sea posible a la vida de alguien más.





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